Durante demasiado tiempo Venezuela fue el escenario de una tragedia anunciada: persecuciones políticas, presos de conciencia, asesinatos, represión feroz, censura, fraude electoral y exilio forzado de millones de personas. Nada de esto fue oculto. Nada ocurrió en las sombras. Todo estuvo a la vista del mundo. Y, sin embargo, muchos eligieron callar. Otros, justificar. Algunos, directamente, ser funcionales.
Lo que sucedió el 3 de enero desnuda una verdad incómoda para buena parte del Frente Amplio. Porque ya no alcanza con decir que “no se sabía”, que “era complejo”, que “había que respetar la autodeterminación de los pueblos”. Esas excusas se agotaron. Cuando un régimen asesina, tortura, persigue y roba elecciones, no hay autodeterminación posible. Los pueblos no se autodeterminan bajo el miedo, la cárcel o el exilio. Lo que hay ahí es opresión.
El Frente Amplio tiene que hacerse cargo de su historia reciente. Durante años miró para el costado, relativizó denuncias, minimizó informes internacionales, y fue cómplice por acción u omisión de una de las dictaduras más crueles del continente. Esa complicidad no es solo política, es moral. Y hay que decirlo sin rodeos: hay dirigentes que tienen las manos manchadas de sangre, no porque hayan apretado un gatillo, sino porque eligieron el silencio cómplice mientras otros lo hacían.
El gobierno uruguayo tampoco queda al margen de esta discusión. Su posicionamiento frente a Venezuela ha sido errático, ambiguo y, en muchos momentos, profundamente cínico. Invocar el principio de autodeterminación y el derecho internacional mientras se ignoraban asesinatos, presos políticos y elecciones fraudulentas no fue neutralidad, fue conveniencia. Fue esconderse detrás de conceptos nobles para no asumir una postura clara frente al horror.
Algún día —y ese día se acerca— se correrá definitivamente el velo. Sabremos cuáles fueron los verdaderos vínculos, los compromisos no dichos, los silencios negociados. Sabremos por qué se calló durante tanto tiempo y a cambio de qué. Ese día ya no habrá lugar para medias verdades ni para relatos edulcorados. Ese día el Frente Amplio tendrá que hacer lo que hasta ahora no hizo: pedir perdón. Pedir perdón al pueblo venezolano. Pedir perdón por haber sido funcional. Pedir perdón por haber fallado moralmente.
Hoy Venezuela transita un momento decisivo. El camino hacia la libertad solo puede construirse desde la legitimidad democrática, y esa legitimidad la otorgó el pueblo. María Corina Machado y Edmundo González Urrutia representan esa voluntad popular expresada en las urnas. No hay transición posible sin ellos. No hay reconstrucción democrática si se pretende borrar o relativizar el mandato que recibieron. Cualquier otra salida será un atajo falso, un nuevo engaño.
Seguimos con atención cómo evolucionan los hechos y observamos con expectativa el rol de Estados Unidos, a quien exigimos el respaldo inequívoco a quienes encarnan la esperanza democrática venezolana.
Venezuela está escribiendo una nueva página de su historia. Uruguay también está siendo interpelado. Ya no hay margen para la ambigüedad. O se está del lado de la democracia y los derechos humanos, o se carga con la responsabilidad de haber sido cómplice del horror.