La realidad de emprender en Uruguay es bastante más compleja de lo que entra en una historia de Instagram. Porque además de una idea, talento y vocación, emprender implica asumir costos fijos desde el primer momento, cumplir con obligaciones formales, enfrentar plazos impositivos y sostener aportes a la seguridad social. En un contexto económico donde los ingresos no siempre son estables, los meses buenos conviven con meses difíciles, y el sistema no distingue entre unos y otros.
Desde una mirada social, el problema no es emprender, sino romantizarlo. Instalar la idea de que si un emprendimiento no funciona es por falta de esfuerzo, actitud o mentalidad positiva termina generando culpa, frustración y aislamiento. Muchos emprendedores sienten que el fracaso es individual, cuando en realidad responde a múltiples factores estructurales: el contexto económico, el acceso al financiamiento, la carga fiscal y la falta de redes de apoyo. A eso se suma un fenómeno muy actual: la comparación permanente. Si el otro “la rompe”, entonces yo “voy mal”, aunque esté recién empezando o construyendo algo sostenible.
Desde el punto de vista financiero, emprender implica convivir con ingresos irregulares y egresos que no esperan. Alquileres, servicios, proveedores, publicidad, plataformas de cobro, comisiones, logística, honorarios profesionales, impuestos y aportes deben afrontarse incluso cuando el flujo de caja no acompaña. En la práctica, el problema no es solo cuánto se gana, sino cuándo se cobra. La diferencia entre facturar y cobrar —y la demora en los pagos— puede dejar a un negocio “bien” en papel y asfixiado en caja.
En Uruguay, formalizar también tiene su propio peso. Muchos emprendimientos empiezan “chiquitos” y, cuando quieren crecer, se encuentran con la realidad: inscripción, emisión de comprobantes, cumplimiento de plazos, aportes, registros, obligaciones periódicas. Y ahí aparece un choque frecuente: el emprendedor que domina su producto o servicio, pero no fue entrenado para gestionar un calendario fiscal ni para separar lo personal de lo del negocio. Si la caja del emprendimiento se confunde con la billetera de la casa, no hay planificación que lo sostenga.
En la práctica profesional esta situación se repite con frecuencia. Muchos emprendimientos no fracasan por falta de capacidad, compromiso o talento, sino por falta de estructura. Personas excelentes en su oficio que se encuentran solas al momento de tomar decisiones financieras, administrativas y fiscales que no estaban en el radar cuando dieron el primer paso. El foco suele estar puesto en vender, producir o crecer, mientras la gestión queda relegada a un segundo plano. Y sin gestión, el negocio queda expuesto: se fija precio “mirando al vecino”, se subestima el costo real, se olvida el tiempo propio, o se trabaja muchísimo sin saber si hay margen.
También es habitual ver emprendimientos que nacen sin números. Sin una estimación clara de cuánto necesitan para sostenerse, cuánto pueden pagar, qué nivel de facturación requieren para cubrir costos mínimos, cuánto margen real tienen para reinvertir o qué porcentaje se va en costos e impuestos. No se trata de irresponsabilidad, sino de una ausencia de información y acompañamiento en las etapas iniciales, donde el entusiasmo suele ganarle a la planificación. Un cálculo simple, pero decisivo, suele faltar: ¿cuánto me cuesta operar un mes? y ¿cuánto tengo que vender para empatar? Sin esa base, la ansiedad se instala rápido.
Emprender no es solo crear, es sostener. Y sostener requiere orden, previsión y planificación. No todo emprendimiento necesita crecer indefinidamente, ni todo emprendedor tiene que vivir en tensión permanente. Ajustar expectativas, conocer los propios límites, profesionalizar de a poco y tomar decisiones realistas también es una forma de gestión eficiente y de cuidado personal. A veces, el paso más inteligente no es “meterle más horas”, sino mejorar la estructura: precios, procesos, cobranza, costos y planificación.
Bajar la épica no es desmotivar. Es humanizar el proceso. Porque cuando se habla de emprender con honestidad, la culpa deja de ocupar el centro de la escena y se la reemplaza por algo más útil: información, planificación y acompañamiento profesional.
Emprender puede valer la pena. Pero no es fácil, no es inmediato y no es mágico. Y decirlo con claridad también es una forma de cuidar.
Esta nota es meramente informativa, no es un asesoramiento ni consejo legal.
(*) Integrante del Equipo de Galante & Martins.