Mónica Harvey no solo fundó el Instituto Dickens, sino que transformó la manera de enseñar inglés en Uruguay. En una época en la que el aprendizaje de idiomas estaba asociado a métodos rígidos y poco estimulantes, su propuesta introdujo un cambio de paradigma. “Había una forma muy arcaica, muy aburrida, muy automatizada de estudiar inglés”, recordó Fabián, al describir el contexto en el que surgió la iniciativa.
Ese espíritu innovador tuvo un comienzo tan simple como simbólico. En 1972, Harvey empezó a dar clases en un garage, con recursos limitados pero con una convicción clara.
“Lo armó como pudo, con sillas distintas, conseguidas en un remate, tenía un arreglo con el bar de enfrente para que sus alumnos fueran a usar el baño allí”.
Esa primera etapa, breve pero decisiva, condensó el ADN del proyecto: avanzar incluso en condiciones adversas, adaptarse y construir desde lo posible. “Ella quiso hacer algo diferente, enseñar con alegría, con una forma más descontracturada”, explicó Soto, subrayando el cambio de enfoque que impulsó desde el inicio.
Detrás del crecimiento del instituto hubo una forma de pensar que se mantuvo constante a lo largo del tiempo. Más allá de la idea inicial, lo que marcó la diferencia fue la actitud frente a los desafíos y la capacidad de sostener una visión en contextos complejos.
Para el ejecutivo, esa característica fue determinante. “Siempre pensaba que todo es posible, nunca se achicó, incluso en un mundo donde era difícil para una mujer y empezando básicamente de cero”. Esa combinación de perseverancia y ambición permitió no solo consolidar el proyecto, sino también proyectarlo hacia nuevas oportunidades.
Uno de los ejes centrales del desarrollo del Instituto Dickens fue la formación docente. Desde sus inicios, Harvey entendió que la calidad educativa dependía de quienes enseñaban, por lo que impulsó instancias de capacitación y actualización constante.
“Siempre apuntó mucho a la formación docente para que transmitieran la forma de enseñar”, señaló. Esa visión derivó en hitos relevantes, como la incorporación de estándares internacionales y la articulación con instituciones del exterior.
A través de gestiones sostenidas, el instituto logró posicionarse como un actor clave en certificaciones académicas. “No era fácil lograr esa representación, había que cumplir ciertos objetivos y competir con otros”, explicó, en referencia al proceso que permitió alcanzar reconocimientos de alto nivel.
Un liderazgo que construyó cultura
Más allá de los logros institucionales, el legado de Mónica Harvey se explica en gran medida por su forma de liderar. Su presencia fue durante años central en la organización, con un involucramiento directo en cada proceso. “Todo el instituto pasaba por Mónica”, recordó Soto, reflejando el nivel de compromiso con el funcionamiento diario. Sin embargo, ese liderazgo no se limitaba al control, sino que se apoyaba en la capacidad de motivar y generar sentido de pertenencia.
Además, agregó que “se logró armar como una especie de familia”. Esa cultura organizacional se construyó a partir de una combinación de exigencia, cercanía y escucha activa. “Siempre está tratando de buscar la vuelta para dar una solución”, enfatizó, destacando una actitud orientada a resolver y avanzar frente a cada desafío.
A eso se suma una dimensión humana que marcó el vínculo con quienes formaron parte del instituto. Soto describió a Mónica como “muy amable, muy atenta, muy humana con todo el mundo”, en relación a un estilo de liderazgo que trascendió lo estrictamente profesional.
Hoy, a más de cinco décadas de su fundación, el Instituto Dickens mantiene esa esencia, pero proyectada hacia el futuro a través de nuevas generaciones. La continuidad del proyecto no solo se dio a nivel institucional, sino también familiar, asegurando que la visión original se mantenga vigente.
“En lo personal, empecé acá hace 19 años y trabajé con Mónica durante muchos años; después pasó a estar como directora Patricia, su hija, y ahora está su nieta Sofía en la dirección junto con Agustina, que también es su nieta”, explicó Soto, dando cuenta del proceso de transición.
Este recambio generacional no implicó una ruptura, sino una evolución sobre las mismas bases. La impronta de Mónica Harvey sigue presente en la cultura del instituto, tanto en la forma de enseñar como en la manera de liderar.
“Tratamos de mantener ese espíritu”, afirmó, en referencia a una identidad que combina innovación con cercanía y sentido de comunidad.
A sus 87 años, Harvey continúa siendo una figura activa e inspiradora dentro del Dickens. Su legado no solo se refleja en lo construido, sino en la continuidad de un modelo que logró trascender generaciones sin perder su esencia.