Discutir hoy, más de un siglo después, cada una de las medidas concretas impulsadas por Batlle sería caer en un anacronismo. El Uruguay de comienzos del siglo XX era otro país y el mundo era completamente distinto. Pero reducir el batllismo a un catálogo de políticas públicas sería no comprender su verdadera dimensión histórica. El batllismo es, antes que nada, una forma de mirar la sociedad y de entender la política. Es una sensibilidad humanista. Es una ética de gobierno. Es la convicción profunda de que el Estado debe ser una herramienta para ampliar la libertad de las personas y generar igualdad de oportunidades.
Batlle comprendió, mucho antes que muchos otros líderes de su tiempo, que la libertad no podía ser solamente formal. Que no alcanza con reconocer derechos en el papel cuando las desigualdades de origen condenan a miles de personas a no poder ejercerlos plenamente. Por eso impulsó un Estado fuerte, moderno y protector, capaz de equilibrar injusticias y ofrecer oportunidades a quienes habían nacido en contextos más adversos. La jornada laboral de ocho horas, la protección de los trabajadores, la expansión de la educación pública, las empresas públicas, las políticas sociales y tantas otras reformas no fueron simples medidas administrativas: fueron la expresión de una filosofía profundamente humanista.
Esa es quizá una de las mayores vigencias del pensamiento batllista. La idea de que una sociedad verdaderamente libre es aquella que brinda herramientas para que cada persona pueda desarrollarse sin que el lugar donde nació determine inexorablemente su destino. El batllismo no promovió la igualdad en el resultado; promovió la igualdad en la oportunidad. Y esa sigue siendo una bandera absolutamente contemporánea.
Batlle también entendió que el progreso material debía ir acompañado de una profunda construcción republicana. Su legado no se limita a reformas sociales o económicas. Fue, además, un defensor inquebrantable de las instituciones, de la división de poderes, de las garantías democráticas y del respeto irrestricto a las reglas de juego. En tiempos donde muchas veces se banaliza el valor de las formas republicanas, recordar a Batlle es recordar que la democracia no es solamente votar: es respetar límites, aceptar controles, tolerar al que piensa distinto y fortalecer permanentemente las instituciones.
Dentro de esa visión republicana aparece otro de los pilares fundamentales del Uruguay moderno: la laicidad. Batlle comprendió que la libertad de conciencia solo puede existir plenamente cuando el Estado no impone creencias ni privilegia religiones o visiones particulares del mundo. La laicidad uruguaya no nació como un instrumento de confrontación, sino como una garantía de convivencia y libertad. Y sigue siendo hoy uno de los rasgos más valiosos de nuestra identidad nacional.
Pero si hay algo que define el espíritu batllista es el reformismo. Esa voluntad permanente de mirar hacia adelante. De no resignarse jamás al “siempre fue así”. Batlle tuvo la audacia de impulsar transformaciones adelantadas a su tiempo, muchas veces enfrentando enormes resistencias. Entendió que gobernar no es administrar inercias, sino animarse a cambiar la realidad. Esa vocación reformista es probablemente una de las herencias más necesarias para el Uruguay actual.
Porque reivindicar hoy a Batlle no puede ser un ejercicio nostálgico. No se trata de vivir mirando el retrovisor ni de convertir el batllismo en una pieza de museo. Ser batllista en el siglo XXI implica asumir el mismo espíritu transformador que tuvo Batlle en su época. Significa preguntarse cuáles son hoy las nuevas desigualdades, cuáles son los nuevos desafíos sociales, tecnológicos y culturales, y cómo construir respuestas modernas desde una visión profundamente humanista y republicana.
El batllismo tiene sentido si sirve para pensar el futuro. Si inspira reformas educativas que preparen mejor a nuestros jóvenes. Si impulsa un Estado eficiente y cercano. Si ayuda a enfrentar los desafíos que plantea la revolución tecnológica y la inteligencia artificial sin abandonar la protección de los más vulnerables. Si promueve una sociedad de oportunidades, movilidad social y convivencia democrática.
Por eso, cuando recordamos los 170 años del nacimiento de José Batlle y Ordóñez, en realidad estamos celebrando 170 años de vida. Porque las ideas verdaderamente grandes no mueren. Permanecen vivas cuando generaciones distintas las hacen propias y las reinterpretan frente a nuevos tiempos.
Batlle vive cuando defendemos la libertad con sensibilidad social. Vive cuando creemos en la democracia y en las instituciones. Vive cuando promovemos la igualdad de oportunidades. Vive cuando nos animamos a reformar y transformar. Vive cuando entendemos que la política debe servir para mejorar la vida de las personas.
Y mientras exista en Uruguay alguien dispuesto a sostener esos valores, Batlle seguirá vivo.
(*) Diputado por el Partido Colorado.