Debemos recuperar los valores perdidos, aquellos que no nacen del silencio, sino del respeto a la verdad histórica, del reconocimiento al maestro y de una alianza inquebrantable con las familias. Solo así, con disciplina y respeto, podremos devolverle a la educación su sentido más profundo: formar ciudadanos libres, críticos y, sobre todo, integrados.
La convivencia no es un resultado, es un proceso diario que se sostiene sobre la verdad, el orden y la unidad de los adultos que rodean al niño. La educación debe buscar restaurar el respeto a la autoridad y a las normas de convivencia, garantizando la convivencia democrática. Revalorizar el respeto es un acto de protección hacia las nuevas generaciones, dándoles un marco de referencia sólido para su vida adulta. Para mejorar la convivencia en las aulas uruguayas, es necesario abordar el problema desde una perspectiva sistémica que combine la firmeza institucional, la seguridad jurídica del docente y la corresponsabilidad de las familias.
La familia no es solo el núcleo de la sociedad, sino la primera escuela de virtudes. Es en el hogar donde se establecen las bases del carácter y la identidad. Una educación que genera respeto a la autoridad y fortalece a la familia, crea ciudadanos responsables, capaces de autogobernarse y de contribuir al bien común con principios sólidos. La educación integral que proponemos es aquella que fortalece el vínculo familiar, respeta la verdad de la biología y honra la honestidad de nuestra historia.
No aceptamos una educación que se autopercibe como "integral" mientras despoja a la familia de su derecho. Hoy vemos cómo se intenta imponer una ideología de género que confunde a los más pequeños, que les arrebata su inocencia y que pretende sembrar una cuña entre padres e hijos. Nos oponemos a inculcar en los niños y adolescentes conceptos derivados de la ideología de género. El Artículo 41 de la Constitución de la República hace referencia a que los padres son los directores naturales de la educación de sus hijos.
Nuestros hijos no son propiedad del gobierno, ni de un plan estratégico, ni de una moda ideológica. Son nuestros, y sus valores se deciden en el hogar, no en una oficina. La educación integral es también la formación del carácter, basada en el respeto. Y respetar al estudiante es contarle la historia con todas sus letras, con todos sus actores y con todos sus contextos. No aceptamos que los libros de texto sigan siendo el folleto propagandístico de una visión tendenciosa del pasado reciente. Queremos una revisión profunda y técnica de los programas de historia. El pasado de nuestro país no le pertenece a ninguna fracción política.
El abordaje de la inclusión y la diversidad en el sistema educativo uruguayo debe realizarse desde una perspectiva integral, laica y respetuosa de la libertad de conciencia. El verdadero desafío de hoy consiste en construir un entorno educativo que no solo reconozca las diversas realidades (étnico-raciales, de discapacidad o migratorias), sino que también salvaguarde los derechos inalienables de la familia como institución primaria y la objetividad del conocimiento científico e histórico. Una inclusión genuina es aquella que integra sin adoctrinar, que respeta la biología y que fortalece los vínculos de autoridad necesarios para la convivencia democrática.
Debemos supervisar que los programas de género respeten la neutralidad del Estado y la madurez cognitiva de los niños y adolescentes. Solicitamos revisar los textos escolares para eliminar visiones tendenciosas, asegurando que se presenten todas las corrientes historiográficas y fuentes documentales, permitiendo así que el estudiante desarrolle un pensamiento crítico basado en la verdad completa y no en relatos parciales. La inclusión de la población migrante y étnico-racial debe orientarse a la asimilación de los valores republicanos uruguayos, fomentando el respeto a la ley y la autoridad. En materia de discapacidad, planteamos priorizar la inclusión técnica y presupuestal (infraestructura y recursos pedagógicos reales) por encima de los enfoques meramente retóricos, garantizando el acceso efectivo a la educación de calidad para todos.
En resumen, consideramos que el desafío de la diversidad en Uruguay no debe agotarse en la aceptación de identidades subjetivas, sino en la protección de la diversidad de valores familiares y la objetividad histórica. Proponemos una “inclusión con orden”, donde el respeto a la autoridad, la verdad biográfica y la neutralidad del Estado sean los pilares que garanticen el futuro de las nuevas generaciones, nuestra tarea no es oponernos a una corriente, sino proponer un modelo educativo que fortalezca el vínculo familiar. Debemos volver a una educación que priorice la excelencia académica y los valores humanos fundamentales.
(*) Diputada de Cabildo Abierto.