Edición especial 45 aniversario
El desafío de construir un mundo del trabajo con más oportunidades, derechos y equidad para todos
El mercado laboral cambió profundamente en las últimas cuatro décadas y media, con una marcada incorporación de las mujeres al empleo, aunque todavía persisten importantes brechas de género. De cara al futuro, los principales desafíos pasan por facilitar el acceso al trabajo de jóvenes, personas con discapacidad y mujeres jefas de hogar, al tiempo que la inteligencia artificial y los cambios tecnológicos traen consigo el reto de adaptar la formación y los derechos laborales.
Fecha de publicación: 31/07/2026
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Juan Castillo, ministro de Trabajo y Seguridad Social
Por:
Redacción

Si mira la evolución del mercado laboral en las últimas cuatro décadas y media, ¿cuáles diría que fueron los cambios más profundos que vivió el país?

El mundo del trabajo, las formas de producción, los derechos laborales y el valor de la mercancía, están continuamente cambiando en función de los cambios y avances tecnológicos y la lucha social. En 45 años tan dinámicos como los que nos ha tocado vivir, han sido muchos y profundos. Uno de esos cambios es la incorporación de las mujeres al mercado de trabajo. Si uno observa las tasas de empleo de las mujeres a la salida de la dictadura se situaban por debajo del 40% y no se registraban grandes diferencias entre las mujeres jóvenes y las mayores de 30 años. En cambio, en este primer semestre de 2026 estamos en máximos históricos de la tasa de empleo femenina, que se ubica en un 52,7%. Es decir, más de la mitad de las mujeres en edad de trabajar se encuentran ocupadas.

Hay un gran crecimiento del empleo de las mujeres mayores de 30 años; la tasa de empleo para este grupo se encuentra por encima del 56% cuando 40 años atrás estaba en 36%. Este crecimiento en el empleo de 20 puntos porcentuales en las mujeres mayores de 30 años en las últimas cuatro décadas es sustantivo; principalmente si uno lo compara con el comportamiento de los varones, observa que la tasa de empleo de los mayores de 30 años se sitúa en el entorno del 73%, niveles muy similares a los observados 40 años atrás. Resulta evidente entonces que, cuando uno observa el largo plazo y mira las tendencias, se aprecia un comportamiento creciente en el empleo de las mujeres y un comportamiento estable en los varones.

Desde otro punto de vista, es inevitable hablar de los avances generados en los últimos 20 años —específicamente a partir del 2005— en la democratización de las relaciones laborales. Hablo del fuerte impulso a la negociación colectiva, el papel asignado al tripartismo y el énfasis colocado en el diálogo social. No me refiero solamente a los Consejos de Salarios, que vaya si serán importantes, sino al sentido más amplio de la participación de los actores sociales en la gobernanza de las relaciones laborales. A la hora de la discusión salarial, de la resolución de conflictos, del debate para construir normas o establecer criterios, de la aplicación de convenios internacionales y hasta para administrar las diferencias que suceden en la diversidad de temas y posiciones de los actores.

Tal vez no todos presten debida atención a ese rasgo distintivo en las relaciones laborales de nuestro país, pero fuera de Uruguay ha sido y es reiterativo el respeto, y no exagero al mencionar la admiración por la cultura del diálogo, la madurez y la capacidad negociadora de los actores principales.

¿Cómo describiría la situación actual del mercado laboral y cuáles cree que son los principales desafíos para los próximos años?

El principal desafío —al menos en la mirada de nuestro Ministerio— es la incorporación al mercado de trabajo de aquellos sectores de la población que enfrentan mayores dificultades o barreras para acceder a un empleo. Por ejemplo: las personas jóvenes, las personas en situación de discapacidad o las mujeres jefas de hogar. En el caso de las personas jóvenes el desafío es muy grande porque las tasas de desempleo juvenil triplican la de la población en general. Este es un problema estructural que el mercado de trabajo en el país arrastra desde hace más de una década. A la vez, existe una principal preocupación por la inclusión de personas en situación de discapacidad, las que cada vez demandan con mayor fuerza y con mucha razón su derecho a trabajar.

En el caso de las mujeres, como ya dije anteriormente, el cambio más espectacular es la incorporación de ellas al trabajo remunerado en los últimos 45 años. No obstante, las brechas de género, tanto en materia de empleo como de salario, continúan existiendo. A modo de ejemplo, hay 15 puntos de diferencia en las tasas de empleo entre varones y mujeres, si bien como ya se mencionó, estamos en máximos históricos de tasas de empleo femenino.

En términos de salario, la brecha salarial ronda el 23%. Aquí es clave el vínculo con la problemática de cuidados; si no se asegura la posibilidad de un sistema de cuidados robusto que permita aumentar la oferta laboral femenina, dado que sobre las mujeres recae el mayor peso de los cuidados, entonces se corre el riesgo de que las tasas de empleo femenino encuentren un techo. Para que ello no ocurra es necesario fortalecer el sistema de cuidados y además lograr que los varones se involucren más en las tareas del trabajo no remunerado, en cuidados y en el hogar.

La tecnología, la inteligencia artificial y las nuevas formas de empleo están cambiando el mundo del trabajo. ¿Cómo puede Uruguay prepararse para que esos cambios generen más oportunidades?

Creo que un país pequeño como el nuestro no debe preguntarse cómo competir con las grandes economías en escala, sino de cómo convertir sus fortalezas institucionales, la inversión en la formación profesional de las empresas y la capacidad de sus trabajadores, en una ventaja para participar y hasta incidir en los cambios tecnológicos.

Resulta esencial asumir la capacitación como una tarea constante. Como plantea el director general de la OIT en su Memoria presentada a la 114.ª Conferencia Internacional del Trabajo, vivimos un "momento decisivo". Los cambios tecnológicos siempre existieron, pero nunca se habían producido con la velocidad que observamos hoy. El desafío no es únicamente adaptarnos a la tecnología, sino ser capaces de orientar sus efectos hacia el desarrollo humano y el trabajo decente.

Para Uruguay, la respuesta no pasa por competir en tamaño, sino por invertir en conocimiento, innovación, formación permanente y diálogo social. Nuestro principal activo no será la inteligencia artificial, sino la capacidad de nuestras instituciones para anticipar los cambios, generar confianza y construir acuerdos entre gobiernos, trabajadores, empleadores públicos y privados, universidades y centros de investigación.

La evidencia hasta ahora disponible muestra que la inteligencia artificial no necesariamente destruirá masivamente el empleo; lo que sí está ocurriendo es una profunda transformación de las tareas, las funciones y las competencias. Pero creo que debemos incorporar otra reflexión: el gran debate del futuro puede dejar de ser el empleo y pasar a ser la distribución de los beneficios del progreso tecnológico.

La verdadera preocupación que tenemos será quién controla esas herramientas y cómo se distribuye el enorme aumento de productividad que generan. Si la inteligencia artificial se utiliza únicamente para concentrar riqueza, probablemente la principal tensión ya no sea la falta de empleo, sino la creciente disputa por los salarios y por una distribución más equitativa del valor creado.

Por eso, en las reuniones del equipo o gabinete del Ministerio de Trabajo, consideramos que la innovación debe avanzar junto con los derechos. La reciente aprobación del Convenio 193 de la OIT sobre trabajo decente en la economía de plataformas, demuestra que la comunidad internacional ya comenzó a construir reglas para gobernar esta transformación. Ese es el camino: más cooperación, más formación, más diálogo social y mejores instituciones para que la tecnología esté al servicio de las personas y no al revés.

Si tuviera que pensar en el Uruguay dentro de otros 45 años, ¿qué le gustaría que dijeran las próximas generaciones sobre el empleo, la calidad del trabajo y el sistema de seguridad social que se construyó en este período?

Es una pregunta tan desafiante como imposible de responder con certeza. Si algo nos enseña el presente es que la velocidad de los cambios tecnológicos y sociales es tan acelerada que no me atrevería a anticipar qué pensarán las nuevas generaciones dentro de 45 años. Yo diría que en 15 años nuestras dudas quedarán disipadas y serán otros los desafíos de la humanidad.

Lo que sí espero es que este período sea recordado por las decisiones que contribuyeron a mejorar la vida de las personas. Que se recuerde como una etapa en la que fue posible recuperar el salario real, fortalecer las jubilaciones y las pensiones y reafirmar que el crecimiento económico debe traducirse en una mejora efectiva de las condiciones de vida de las personas que trabajan y están jubiladas.

También me gustaría que se recordara este tiempo porque la comunidad internacional, en el ámbito de la OIT, logró por primera vez aprobar, mediante el diálogo tripartito entre gobiernos, trabajadores y empleadores, un convenio internacional que aborda los desafíos del trabajo en la economía de plataformas digitales. Ese paso marcó el inicio de la construcción de una nueva gobernanza internacional frente al impacto de las nuevas tecnologías aplicadas al mundo del trabajo.

Pero creo que el juicio de la historia dependerá, sobre todo, de si fuimos capaces de afrontar las discusiones verdaderamente trascendentes. No es posible disociar el avance tecnológico, el incremento de la productividad y las mayores ganancias que este genera, de la necesaria discusión sobre la reducción del tiempo de trabajo sin disminución salarial. Si esa conversación no se produce, corremos el riesgo de que los beneficios del progreso tecnológico respondan únicamente a una lógica de acumulación del capital, en lugar de traducirse en una distribución más equilibrada de la riqueza y del tiempo disponible para las personas.

Espero, además, que esta generación sea recordada por haber tenido la responsabilidad y la valentía de volver a discutir la seguridad social, entendiendo que su sostenibilidad, su suficiencia y su capacidad de proteger a las personas frente a los cambios demográficos, tecnológicos y laborales constituyen uno de los grandes desafíos de nuestro tiempo.

Si dentro de 45 años se dijera que fuimos parte de un equipo de gestión que apostó por el diálogo social, que gobernó la transformación tecnológica con más derechos, que promovió una distribución más justa de los beneficios del progreso y que fortaleció la protección social para las futuras generaciones, creo que podríamos sentir que fuimos en la dirección correcta a nuestra responsabilidad histórica.

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Juan Castillo
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