Aunque proviene de una familia con una marcada vocación de servicio —por el lado paterno, cuatro generaciones de médicos otorrinolaringólogos, y por el materno, una madre docente—, su interés por la economía tuvo un origen más personal. Desde joven sintió curiosidad por entender la realidad, los problemas del Uruguay y el comportamiento de las personas, una inquietud que lo llevó, al terminar el liceo, a optar entre estudiar Economía o Ciencias de la Comunicación. Esa inclinación por comprender y explicar la realidad nunca desapareció. De hecho, reconoce que siempre mantuvo una cierta vocación periodística, aunque nunca la ejerció profesionalmente. Finalmente optó por la economía, una disciplina que fue ganando cada vez más espacio en su vida académica. En paralelo cursó hasta cuarto año de contador público en la Universidad de la República, mientras desarrollaba un creciente interés por el mundo empresarial.
Con el tiempo profundizó su formación a través de estudios de posgrado, másteres, doctorados y programas en Administración de Empresas. Sin embargo, más allá de la formación y de haber vivido durante tres años en Estados Unidos, nunca se desvinculó de los temas que lo motivaron desde el comienzo: los desafíos y problemas del Uruguay. Sus investigaciones y áreas de interés siempre estuvieron ligadas, de una forma u otra, a entender mejor la realidad del país.
Estudió y trabajó fuera de Uruguay. ¿Qué aprendió en el exterior que cambió su manera de mirar al país?
Vivir en una ciudad como Chicago, en Estados Unidos, te cambia mucho. Además, es un ambiente muy internacional, con gente de todo el mundo. En aquellos años me abrió mucho la cabeza. Si bien ya tenía una predisposición a mirar el mundo, me permitió conectarme con gente de todos lados y ver realidades muy diferentes desde todo punto de vista: intelectual, religioso y humano. También estar en una ciudad grande, de primer nivel, con un desarrollo superior al que uno estaba acostumbrado viviendo en Montevideo. Y eso inspira, porque en el fondo es ver funcionar bien las cosas y querés que funcionen bien también en tu país.
Tuve la suerte, mientras estudiaba en la Universidad de Chicago, que cuatro premios Nobel de Economía fueran mis profesores. La universidad que más premios Nobel de Economía tiene es la de Chicago, y me tocó estar en un momento en que estaban activos, dando cursos, cuatro premios Nobel en áreas de la economía como microeconomía, macroeconomía y econometría. Eso también fue una fuente muy grande de inspiración. Que te estén enseñando los que inventaron muchos de los aspectos, porque el premio Nobel se lo dan al que inventa o desarrolla un área nueva de influencia de la economía, genera una inspiración muy importante.
En ese sentido, uno de los que más me inspiró fue Gary Becker, que fue premio Nobel de Economía en 1992. Trascendió la frontera de la economía en muchas áreas para analizar temas que antes eran exclusivos de sociólogos, por ejemplo, el comportamiento de las personas y cómo analizarlo a partir de los incentivos que mueven a un individuo a tomar una decisión; la llamada teoría de las decisiones. Eso me gustó mucho, me inspiró y fue fundamental para ir permanentemente analizando y tomando decisiones con ese marco.
Hoy dirige un think tank como Ceres, que tiene una fuerte presencia en el debate público. ¿En qué momento dejó de sentirse solamente economista para asumir también un rol de referente de opinión?
Yo creo que, en el fondo, es una decisión que se basa en el interés por el país, en la preocupación y vocación por querer mejorar el Uruguay. Sentir que es un país que puede dar mucho más, que tenemos un potencial no explotado y que se pueden hacer mejor las cosas para volver a ser como Uruguay lo fue muchos años atrás: un país líder en el mundo, con niveles de vida superiores a Europa.
Eso es lo que me motiva todos los días a querer influir en la opinión pública, para que la gente pueda tomar mejores decisiones en los debates que se dan y, al fin y al cabo, influir en las decisiones del día a día de la política económica. Como decía, en Uruguay los cambios no se logran de arriba para abajo, sino de abajo para arriba.
Nosotros queremos que la gente común, los que están todos los días trabajando y viviendo con su familia, tenga conciencia de que hay que tomar decisiones a la hora de votar, de influir en una política o de generar su opinión en su ámbito empresarial, familiar, personal o social, para que el país pueda progresar. Cada persona individualmente es protagonista. A ellos les hablamos; no les hablamos a los gobernantes de turno, sino a la gente en general. Y es la gente la que puede cambiar el Uruguay con las decisiones que vaya a tomar cada uno.
Esa es la razón por la cual estamos activos en los medios, para que más gente se pueda enterar de que se pueden hacer cosas distintas, como lo hacen en otros países. Por eso también tenemos una agenda internacional muy activa, participando permanentemente en conferencias, seminarios y eventos internacionales para ir a aprender.
Escuchamos mucho, tanto afuera como adentro; recorremos el país, visitamos empresas, instituciones sociales, cárceles. ¿Para qué? Para ver y escuchar, entender a fondo los problemas y tratar de buscar soluciones.
Es consciente de que en ocasiones esos diagnósticos o propuestas de solución pueden incomodar al gobierno de turno.
Sí, es parte de nuestro rol. Nosotros no trabajamos para el gobierno de turno, trabajamos para que Uruguay sea mejor y con nuestra mejor intención y el mayor conocimiento posible. Lo único que nos interesa es que Uruguay mejore y que la gente pueda vivir mejor en este país, porque lo queremos mucho.
Siempre actuamos con esa motivación. No hay otra motivación detrás, no hay intereses particulares, hay interés general. Y al que le moleste, que le moleste.
Ceres ha sido crítico con gobiernos de distintos signos políticos. ¿Cómo se hace para sostener una mirada independiente cuando las conclusiones pueden coincidir más con una determinada visión política?
Nosotros decimos que la base de la independencia está en la investigación. Cada vez que hablamos, cada vez que presentamos un informe, lo hacemos en base a un estudio serio y profundo, a datos, a información —y no a prejuicios— tanto cualitativa como cuantitativa.
Estamos todo el tiempo investigando. Tenemos una vocación de investigación genuina: entender a fondo los problemas y, cuando llegamos a una conclusión, la decimos. Pero siempre somos conscientes de que no es una verdad revelada, que puede haber otras opiniones.
Y somos conscientes —y creo que es muy bueno— de que podemos equivocarnos. Tener la capacidad de reconocer que uno podría estar equivocado o que cambió de opinión me parece algo sano. No estar preso, no nos sentimos presos de nada.
¿Alguna vez sintió que una crítica económica suya fue interpretada como una posición política?
Eso pasa permanentemente y la verdad que no debemos reaccionar. Nosotros sabemos lo que queremos, sabemos cómo actuamos y sabemos lo que nos importa. Obviamente, el que está tomando decisiones en cada momento cree que su decisión es la mejor, y nosotros la cuestionamos; es normal que se pueda ver de esa forma. Es la lógica del día a día. Lo que realmente nos preocupa es generar buen material, buena información para la opinión pública y que el debate mejore de calidad. De vuelta, poder romper los prejuicios y debatir sobre conceptos útiles para que el país pueda mejorar.
Si tuviera que definir en una frase o concepto el momento económico que vive Uruguay, ¿cuál sería?
Hay un estancamiento económico del que a Uruguay le va a costar salir en la medida en que no se tomen decisiones dolorosas de corto plazo, pero muy positivas en el largo plazo. Y tiene que ver con la competitividad del Uruguay.
Uruguay se ha vuelto un país muy poco atractivo para invertir porque es caro, complicado, engorroso. Obviamente que hay esfuerzos por parte de este gobierno, así como del anterior, para simplificar determinados aspectos de la regulación, pero es muy lento. Y después hay otras áreas en las cuales ni siquiera está la vocación de este gobierno, como el gasto. El gasto público ha crecido muchísimo a lo largo de los últimos 20 años, ininterrumpidamente, lo cual condiciona el funcionamiento del sector privado.
Es una mochila demasiado pesada que se ha generado y que no está en el mandato, según lo dice el propio gobierno y toda la administración, cambiar. Nosotros pensamos que, más allá del mandato, hay que ser conscientes de que está condicionando mucho y negativamente la situación del sector productivo y del sector privado.
Entonces, ¿qué pensamos al respecto? Que hay que generar conciencia, que la gente tiene que saber que seguir gastando así no nos lleva a ningún lugar y que ese gasto hay que pagarlo. Y se está pagando con altísimos impuestos, con tarifas de servicios públicos más altas de las que debería haber. Ese costo hace que la economía crezca menos y que eso genere menos oportunidades para la gente.
Estamos atrapados en un equilibrio negativo porque, en el fondo, el sistema político dice: “Necesito recursos para atender a la primera infancia, para atender al desempleo juvenil”. Sí, pero no es con más gasto público que se le va a dar más oportunidades, sino liberando recursos que el sector privado podría tener, o nuevas inversiones que podrían venir del exterior, para generar oportunidades que hoy no se generan porque justamente no es atractivo el país. Y ahí también hay otra área fundamental que hace que el país sea poco competitivo: la regulación laboral. Yo creo que ahí hay toda un área que nadie se anima, desde el sistema político, a encarar. La regulación laboral que Uruguay tiene está a contramano de las tendencias mundiales y condiciona mucho a la hora de generar oportunidades de movilidad laboral y de empleo para las personas, e incluso a las empresas que van a tomar decisiones que involucren contratar personas.
Eso me parece que exige al Uruguay una revisión y un profundo análisis, pero es muy difícil porque no está planteado. No hay, desde el sistema político, ninguna voluntad hasta ahora de ponerlo sobre la mesa.
Porque tiene un costo político…
Y bueno, ese costo político creo que va a haber que analizarlo, ponerlo sobre la mesa, porque el costo social ya se empieza a ver. Y el costo político, en algún momento, va a chocar con tu costo económico y social, porque el paso del tiempo nos va mostrando que pasa factura.
¿Estamos frente a un problema coyuntural de crecimiento o Uruguay tiene un problema estructural que le impide crecer más?
Yo creo que no es coyuntural esto. Me parece que de hecho la coyuntura hasta puede estar ayudando; por ejemplo, el precio de la carne que está en niveles históricamente altos ayuda a que muchos de los problemas de encarecimiento productivo en ese sector puntual, en el agro, se vean camuflados por un precio que es muy atractivo y hace que ser menos competitivo no sea tan importante. Pero en otros sectores que no tienen la suerte de tener un precio internacional tan favorable, es muy difícil producir en Uruguay y ser competitivo. Lo vemos con empresas que cierran, y también en empresas de servicios y de tecnología. Empresas que producen y no son competitivas. En distintas capas industriales, agregar valor es muy caro en Uruguay. Por ende, no es coyuntural, es estructural y esa estructura hay que modificarla con reformas profundas en dos áreas, como digo, laboral y del Estado. Por un lado, todo lo que es la regulación que afecta al sector privado en la política de contratación de personas, y no solo la contratación, sino todo lo que hace a la relación laboral. Y, al mismo tiempo, está la estructura del gasto, que ha crecido de una forma demasiado fuerte y sostenida a lo largo de mucho tiempo.
¿Dónde está hoy, a su juicio, el principal problema de las cuentas públicas?
No es un tema de déficit, porque el déficit no es más grande porque se aumentan los impuestos permanentemente. Este gobierno ha aumentado impuestos en aspectos que afectan mucho la inversión: en el régimen de zona franca o incluso en los ahorros de los residentes en el exterior. Son impuestos que parece que no tienen impacto en el corto plazo, pero que cambian decisiones de personas e inversiones, son muy dañinos.
Creo que, si uno tuviera que decir cuáles son los principales puntos débiles de este gobierno, son los aumentos de impuestos que se han generado fundamentalmente en la ley del presupuesto votada en diciembre y que ahora se está reglamentando. Recién ahora estamos viendo cómo se reglamentan, de una forma tremendamente compleja de ejecutar y de liquidar, lo cual, de vuelta, son señales que complican porque vienen de la mano de un aumento del gasto, que sigue aumentando.
Y eso se confirma con la rendición de cuentas que se está votando en este momento. Es un gasto que, en términos reales por persona en Uruguay, es casi dos veces y media de lo que era en el año 2000. Es un gasto muy pesado que no ha tenido como contrapartida un servicio acorde a lo que cuesta. Esa es la gran discusión que Uruguay se tiene que dar, pero, obviamente, cuesta mucho.
¿Qué hay detrás del reclamo empresarial por el atraso cambiario y la necesidad de un dólar más alto?
Pasa que el atraso cambiario es una palabra técnica que exige determinadas condiciones que no se dan naturalmente en Uruguay, porque no tiene un tipo de cambio fijo, sino que el valor del dólar lo pone el mercado. Lo que sí, con este valor del dólar que le pone el mercado, Uruguay queda muy caro. Eso sí se puede decir sin ninguna duda: Uruguay está caro.
Y para que Uruguay, siendo así de caro, pueda competir, producir y venderle al mundo, tiene que hacer algunos cambios internos que lo hagan más competitivo. ¿Cuáles? Que el costo de la mano de obra no sea tan elevado, que el costo del Estado no sea tan elevado en los impuestos y que el costo regulatorio, que es lo que se estaba queriendo avanzar con la ley de competitividad, no sea tan elevado.
Es un país donde hay muy poca competencia en los mercados y eso hace que los insumos para producir y para vivir sean muy caros. Así que por ese lado viene el mayor problema, más allá del valor del dólar. Hoy el valor lo pone el mercado y el Banco Central hace varios años que no interviene; es decir, no hay intervención del Estado en el valor del dólar, que es un bien más, aunque muy importante. Si sube, obviamente ayuda al sector exportador, que tiene una mayor rentabilidad, pero perjudica a otros sectores.
Entonces, no es algo neutral porque hay ganadores y perdedores ante el cambio del dólar. Nosotros creemos que la válvula de escape no debería ser la suba del dólar para ser competitivo, sino las reformas que Uruguay tiene pendientes para ser más competitivo.
Ahora, ¿qué dice el sector exportador? Si yo no creo que esas reformas se vayan a llevar a cabo porque hace tantos años están pendientes, por lo menos que suba un poco el dólar para poder tener un respiro. Y es razonable que también se quiera pensar así cuando no se cree que se va a generar una agenda creíble y consistente de un abaratamiento estructural del Uruguay.
Más cuando por parte del gobierno se dice que Uruguay siempre va a ser caro. Entonces, si siempre va a ser caro, ¿cómo hago yo para producir en Uruguay?, se pregunta cualquiera que quiera exportar. Y ese es el problema que hoy tiene estructurar la economía del país.
¿Qué le está faltando a Uruguay para crecer a tasas suficientemente altas como para mejorar de manera sostenida los ingresos y el empleo?
Hay que tener claro algo: Uruguay crece fuerte cuando el contexto internacional ayuda; esto pasa siempre. Hay que ser realmente humildes en esto y entender cómo funciona la economía del país. Cuando Uruguay ha crecido fuerte, como pasó entre 2004 y 2014, fue una década de crecimiento promedio arriba del 5%-5,5% anual, algo no visto desde la Segunda Guerra Mundial; no hay antecedentes. Se alinean los astros desde el punto de vista externo con variables que no dependen de nosotros: precios internacionales muy favorables para nuestros productos, tasas de interés muy bajas que hacen que haya capacidad de financiamiento y oportunidades de inversión acá, porque otras inversiones no son atractivas, y una región que ayuda, con Argentina y Brasil alineados también con Uruguay.
Cuando pasa todo eso, Uruguay crece. Cuando algunas de estas variables no suceden, se hace muy difícil para Uruguay crecer siempre. Tampoco pensemos que Uruguay tiene un crecimiento genuino, sino que es un país muy dependiente de factores internacionales, ya sea porque tiene poco ahorro local o porque vende productos al exterior cuyo precio no lo determina el país. Eso hace que dependamos mucho del contexto internacional. Cuando el viento sopla a favor, nos lleva, cuando sopla en contra, nos tira para atrás y, cuando no sopla, hay que remar; y cuando remamos, crecemos muy poco.
El remo a Uruguay le da el 1%, esa es la tasa de crecimiento del remo. Y con esa tasa Uruguay no logra mejorar su situación.
¿Qué está haciendo bien este gobierno en materia económica que usted cree que merece ser reconocido?
Este gobierno, en materia económica, está atajando penales. El problema es que Uruguay, en esta situación, ya no puede conformarse con atajar penales para crecer: necesita hacer goles. Y, lamentablemente, no se ven muchos goles posibles en el andamiaje del partido de gobierno, porque tiene una disputa muy clara de divisiones de país, por la cual la visión del Ministerio de Economía termina imponiéndose en algunos frentes, pero a costa de un ruido muy grande.
En otros frentes ni siquiera se mete, como en la parte laboral, que es central para que haya más competitividad. Entonces, es difícil, evitando daños mayores, que haya crecimiento en esta situación. En otros momentos era distinto. Por ejemplo, en el primer gobierno del Frente Amplio, el rol de Astori, que atajó varios penales también, era muy distinto porque la economía estaba más competitiva. Uruguay era barato y, siendo barato, uno puede crecer y atraer inversiones simplemente evitando generar daños.
En este momento es difícil crecer sin generar cambios importantes que no están sobre la mesa por parte de este gobierno.
¿Cuál considera hoy que es el principal error económico que está cometiendo el gobierno de Yamandú Orsi?
No hay un gran error a la vista. Lo dije antes: una cosa es lo que se dice y otra cosa es lo que se da en los hechos concretos, porque hay mucho ruido y pocas nueces. ¿Cuáles son las nueces negativas? Los impuestos. Y hago énfasis en una carga impositiva que se votó en el presupuesto. Esos son los mayores hechos concretos reales. Después hay mucho ruido que no se ha terminado de concretar. Por ejemplo, todo lo que se habló sobre el diálogo social; hay que ver cómo sigue la discusión de las AFAP; todo lo que tiene que ver con los aspectos laborales de la reducción de la jornada, las trancas para despedir personas, toda esa agenda del Ministerio de Trabajo y del PIT-CNT, que es la misma.
No es una agenda que ayude al crecimiento y a la inversión, pero se va frenando o, a la uruguaya, se van generando hechos puntuales, como fue el convenio de la construcción de la reducción de la jornada laboral, que se aplica en condiciones específicas para ese sector, pero genera un antecedente que es tomado por otros sectores con ganas. Y eso también es complejo: genera ruido y dudas y, en algún sentido, desde el punto de vista empresarial, genera preocupación y cautela para decir: “Bueno, voy a ver cómo sigue esto antes de tomar una decisión de invertir”.
Lo que es natural, es obvio. Cualquiera que esté arriesgando su capital, antes de tomar una decisión, espera a ver si el horizonte se despeja o si no lo hace en otro lugar. Hay tantas inversiones de Uruguay en otros países, como Paraguay, por ejemplo.
La reducción de la jornada laboral ya comenzó a discutirse y a aplicarse en algunos sectores. ¿Qué impacto tendría extenderla al conjunto de la economía?
Por ahora es solo para la construcción, y creo que sería tremendamente negativo si esto fuera una ley general, como pretende hacer el PIT-CNT. Ese sería un golpe muy fuerte y negativo a la competitividad. Le pega en un área justamente de las más cargadas.
Impulsar esa agenda sí que sería un error enorme por parte de este gobierno. En principio se dice que no se va a impulsar, pero habrá que ver, en los hechos, cómo esta presión permanente por parte del mundo sindical permea en algunos aspectos puntuales, como ya fue en el sector de la construcción.
¿El gobierno está priorizando demasiado la distribución del ingreso y demasiado poco el crecimiento económico?
Yo creo que no, porque tampoco se ven medidas muy concretas que afecten la distribución del ingreso. Este es un gobierno que lo que está haciendo es evitar daños grandes y, como digo, no tiene una agenda ni pro crecimiento ni pro distribución.
Tiene una agenda que, a esta altura, como el propio presidente lo ha dicho, es la revolución de las cosas simples. Es casi que la revolución de la nada porque, en el fondo, y ojalá sea así, todo lo que plantea una parte del gobierno sería para peor.
Entonces, lo único que se puede esperar es que no pase nada. Y, si no pasa nada, repito, no alcanza para que la economía rebrote.
Uruguay mantiene un acceso al financiamiento internacional a tasas muy bajas. ¿Qué riesgos implica para la economía sostener en el tiempo un déficit que requiere recurrir de forma permanente al endeudamiento?
Esto ha estado sobre la mesa permanentemente. Uruguay tiene acceso al financiamiento a tasas muy bajas, esa es la realidad: apenas menos de un punto por encima de lo que en el mercado le cobran a Estados Unidos. Tiene la prima más baja de toda América Latina, lo cual es una buena noticia, porque siempre es bueno que te quieran prestar a tasas bajas.
Al mismo tiempo, haber conseguido tanto financiamiento externo ha contribuido a que Uruguay se haya vuelto menos competitivo y ha sido uno de los principales factores que explica el encarecimiento del país y el valor actual del dólar. Son muchos millones de dólares los que entran todos los años para financiar el déficit fiscal. El gobierno uruguayo gasta 100 todos los años y recauda internamente 80. ¡Hay 20 que te han prestado; 20 de 100 todos los años! Eso, obviamente, tiene consecuencias internas.
Permite que la maquinaria siga funcionando, que se puedan pagar todas las cuentas e incluso que aumente el tamaño del Estado porque se consigue financiamiento, pero genera consecuencias internas que hacen que el país sea menos productivo y que el sector privado vea una mochila cada vez más cargada.
Y a esto se le suma un pasivo contingente, digamos jubilatorio, que es un gran problema que tiene Uruguay con la dinámica demográfica que presenta, con tasas de fecundidad bajísimas, de 1,2 por pareja. Ni siquiera hay reposición.
En el censo, cuyos datos se conocieron hace poco, nos dimos cuenta de que era mucho peor de lo que se pensaba pocos años atrás y que las proyecciones demográficas son mucho más negativas de lo que Uruguay creía. Y eso afecta, sin duda, el pago de la deuda y de la seguridad social. No hay un horizonte despejado en ese sentido si no se generan condiciones importantes para que la economía empiece a rebrotar y a crecer y para que la inversión vuelva con fuerza a Uruguay.
El Ministerio de Economía ha planteado la necesidad de profundizar la desdolarización de la economía. ¿Qué margen hay realmente para avanzar en ese objetivo, teniendo en cuenta los hábitos de ahorro de los uruguayos?
Creo que es una agenda de largo plazo que vienen impulsando todos los gobiernos anteriores. Desde la crisis de 2002, el Banco Central ha estado impulsando claramente esta agenda, también con el gobierno, al emitir deuda en moneda nacional, algo que no se hacía antes.
Hoy hay una proporción de deuda en pesos y en dólares bastante equilibrada con la proporción de la producción transable y no transable del país, lo cual es saludable.
Lo que no se ve en los números es por el lado de los depósitos. La gente todavía quiere tener un monto importante de sus depósitos en dólares, por más que es menos rentable que hacerlo en pesos. Cualquier cálculo de los últimos 20 años mostraría que hubiera sido mucho más rentable invertir en pesos o en unidades indexadas que en dólares. Pero, de todas formas, la gente mantiene saldos en dólares.
Nosotros creemos que ahí hay dos razones de fondo. Por un lado, una cultural muy impregnada. La verdad es que la historia inflacionaria es difícil de olvidar. Uruguay tuvo muchas décadas con inflaciones altas, lo que hace que el peso uruguayo no sea confiable. Cuesta mucho volver a creer en el peso uruguayo, incluso a las nuevas generaciones que nunca vivieron inflaciones altas. Ven un dólar y sienten que vale más que un peso por un tema casi genético. Es muy raro, pero tiene su explicación en la memoria colectiva.
Y después hay otra razón más básica. Muchos de los saldos de ahorro en dólares son saldos transaccionales; o sea, son saldos de gente que los tiene porque los va a usar en un viaje, en comprar un auto, un apartamento, una casa, un celular o una moto. Muchos de los bienes intermedios o de capital, incluso de ocio, están fijados en dólares.
Y ese ahorro de cortísimo plazo para consumo es en dólares. Cuando uno analiza las cuentas bancarias y ve que hay un monto enorme en dólares, uno dice: “¿Pero para qué la gente tiene dólares? ¿Para perder plata?”. Porque no está ahorrando esa plata; la tiene guardada por unos meses porque la va a gastar.
Entonces, si uno ve que hay mucha gente que no tiene una capacidad de ahorro más allá del corto plazo, esa capacidad alcanza para consumos o compras de corto plazo. Y eso es un ahorro que se hace en dólares porque se ejecuta en dólares.
Y entre medio, hacer el cambio de decir “voy a ahorrar en pesos”, “voy a cambiar a dólares”, capaz que, con el tipo de cambio de la transacción y el costo de cambiar de moneda, en un plazo corto deja de ser rentable lo que, en teoría, una inversión de largo plazo lo hubiera sido.
Por tanto, no es que la gente toma decisiones irracionales. No. Para el tipo de ahorro que implica el corto plazo, es racional hacer lo que está pasando. La gente no es tonta.
¿Qué riesgos y qué beneficios tendría una economía uruguaya menos dolarizada?
Que el gobierno tenga una moneda propia le da más capacidad de fuerza a la política monetaria, cuando sube o baja la tasa de interés, que es la herramienta usual que se usa en las economías para controlar la inflación. Entonces, tener una herramienta más potente es mejor que tener una herramienta más débil en una economía que es bimonetaria. Eso, como digo, es una batalla de largo aliento que está dando este gobierno. Aceleró un poco con respecto a otros, pero no es algo nuevo tampoco. Y yo creo que es cuestión de tiempo. El mayor enemigo de esta batalla es la inflación. Cuando viene una inflación alta, la gente no cree en el valor del peso. Uruguay tuvo un régimen de banda de inflación del Banco Central, vigente desde el 2004, que solo se respetó el 10% del tiempo. El Banco Central decía que iba a haber un rango, que la inflación iba a estar ahí, y estuvo el 10% del tiempo hasta el 2023, y a partir de ahí entró y ha estado adentro del objetivo. Pero si estuviste durante 20 años con un objetivo y cumpliste el 10% del tiempo, es lógico que la gente tenga desconfianza. Entonces, dale un poco de tiempo para que te crean, porque hace dos años y medio que estás cumpliendo con el rango meta, contra 20 que no cumplías. Esto es como que hay que darle tiempo a que se enamoren las personas, ¿no? Hay que enamorarse del peso, no es de golpe.
¿Percibe una visión económica clara dentro del gobierno o entiende que conviven enfoques diferentes sobre el rumbo que debería tomar el país?
Veo un conflicto de visiones de país diferentes que hace muy difícil que pueda verse un proyecto. Veo dos visiones que chocan, una totalmente a contramano de lo que ha funcionado en el mundo y otra más alineada con lo que ha funcionado, pero que no logra imponerse al 100%. Entonces, al fin y al cabo, quedamos casi que en la nada. Y, como digo, evitar daños ya no es suficiente. Tampoco creo que haya que tener un superplan para 2050, como se ha visto por ahí, o grandes planes de largo plazo. No creo en los planes de largo plazo. Sí creo que las economías crecen cuando se generan condiciones atractivas para invertir y eso genera movimiento.
No grandes planes. Que el Estado deje de ser un obstáculo, un estorbo, y pase a ser un socio del sector privado, alguien con quien se pueda cooperar con confianza y no con una desconfianza permanente. Es un tema de visión.
Eso es lo que hoy lo está trancando: la desconfianza, muchas veces innecesaria e injusta, hacia el sector privado, cuando el sector privado es el que mueve las economías del mundo. Ese es el problema.
¿Qué recuerda de aquel trabajo que recibió el Premio Academia Nacional de Economía y qué vigencia cree que tiene hoy?
Fue una muy linda noticia que recibimos en su momento. Era 2007 y yo estaba viviendo en Chicago. De hecho, ese trabajo lo hicimos en la Universidad de Chicago junto con un gran amigo, Lorenzo Caliendo, que estaba un año arriba mío. Después él se quedó en Estados Unidos como profesor y hoy tiene una gran trayectoria académica en la Universidad de Yale.
Creo que lo más importante fue el proceso que vivimos. Fueron tres meses de intenso trabajo en la biblioteca de la Universidad de Chicago pensando en Uruguay. Estábamos pensando en Uruguay y después eso terminó en un premio, pero lo más lindo fue el proceso de hacer el trabajo, el lugar donde lo hicimos y cómo los dos pensábamos en el futuro del país.
Además, abordábamos temas que hasta el día de hoy no están resueltos. Ese trabajo sigue teniendo mucha vigencia. De hecho, muchas de las trancas que Uruguay tenía en aquel momento no se levantaron y siguen condicionando el desarrollo del país.
Después de tantos años estudiando al Uruguay, ¿qué es lo que más le preocupa del país y qué es lo que más lo sigue entusiasmando?
A mí me entusiasma cuando viajo y escucho hablar del Uruguay. Es como respirar aire fresco cuando uno sale del país y va a un evento, ya sea académico o de negocios, donde se habla de Uruguay y te das cuenta de que tenemos un diamante en bruto. Lástima que está en bruto; hay que lustrarlo. Y ese lustre es lo que me motiva.
O sea, poder aprovechar esta joya que tenemos, que no está aprovechada, lejos de todo lo que podría ser en este contexto internacional, con la ubicación geográfica y las condiciones que podemos tener.
Pero, como digo, cuando uno pasa mucho tiempo sin salir, sin respirar, se termina ahogando en un ambiente de pesimismo que existe y que se está volviendo cada vez más intenso en algunas áreas. Pero se puede revertir, porque depende de nosotros. Uruguay no está condenado al pesimismo. Tiene todo el potencial para ser mejor y necesita ser consciente de eso, así como cambios importantes en áreas que, como digo, son un tabú. Para eso se necesita generar una expresión que me gusta mucho: una licencia social.
Es una expresión que surge en la minería, cuando una explotación puede tener alguna consecuencia negativa desde el punto de vista ambiental, pero el resultado es superador porque el proyecto genera una ganancia enorme en crecimiento, empleo y oportunidades para la gente de la zona. Bueno, esto es lo mismo. Uruguay necesita una licencia social para cambiar el Estado y la regulación laboral.
Y con eso Uruguay va a poder tener mayores oportunidades en el mundo actual para desarrollarse y generar más inversión y crecimiento de la economía.
¿Cuál es el principal riesgo económico que Uruguay está subestimando hoy?
No sé si subestima, porque, en el fondo, tampoco Uruguay está cometiendo errores gigantescos. Es más bien una tendencia la que nos está llevando a esta situación. Son muchos años; no es que de golpe pasó algo. Se prendió una luz roja cuando apareció, de la mano del diálogo social, la posibilidad de que las AFAP se estatizaran. Esa luz roja se prendió y rápidamente el Ministerio de Economía logró apagarla, pero hay que ver cómo sigue evolucionando eso, porque dejó descontenta a una parte muy importante del PIT-CNT.
Yo no veo algo así, pero sí observo muchas tendencias. Es como una muerte lenta; la llamita se va apagando de a poco porque el fuego se queda sin leña.
¿Cuál es la crítica, si ha existido, que más le ha dolido o molestado recibir por su trabajo?
Ninguna. Las críticas siempre son bienvenidas. No tengo ningún problema con que me critiquen y digan lo que tengan que decir. Creo en la libertad de expresión.
¿Alguna vez se ha arrepentido de haber sido demasiado contundente con una opinión económica?
No, porque tengo la libertad de aceptar que cambié de opinión. Eso es lo más lindo que hay.
Lo he hecho en varios aspectos y en distintas épocas. Tenía una opinión sobre algo y, de golpe, fueron cambiando las condiciones porque uno escuchó otra campana. Leo mucho y hablo con gente que piensa muy distinto, y eso para mí es muy importante.
Si hay algo que caracteriza a esta administración de Ceres desde que estamos en 2020 es que hablamos con todos los interlocutores. No solo con los empresarios, sino con todo el sistema político, con el sistema sindical, con las Fuerzas Armadas y con instituciones religiosas de distintas confesiones.
Hemos desarrollado una capacidad de diálogo muy fuerte con la sociedad uruguaya en su conjunto, que nos permite entender realidades diversas y tener, por eso, la capacidad de decir: “Ahora estoy cambiando de opinión porque estoy escuchando algo que antes no había escuchado”. Y cuando uno escucha, entiende y puede ser empático con determinadas realidades. Pero eso solo se logra cuando se dialoga. No estamos en un búnker mirando números, sino que nos nutrimos de la gente, no de datos fríos ni tampoco de análisis en base a una pantalla.
¿Le gustaría algún día pasar del análisis económico a la gestión pública? ¿O cree que su lugar está justamente fuera de la política?
Depende. Yo no me niego a nada, en ningún aspecto. Lo que sé es que hoy estoy comprometido con esta agenda porque creo que es la agenda desde la que puedo contribuir a que a Uruguay le vaya bien. Yo quiero que al uruguayo le vaya bien, eso es lo que más me importa. Y uno tiene que sentir que puede aportar algo. Hoy siento que puedo hacerlo desde donde estoy, pero no sé qué va a pasar mañana.
¿Qué aprendió en estos años en Ceres y de economistas que ocuparon antes ese lugar, como Ernesto Talvi o Guillermo Tolosa?
Ceres ha tenido, yo creo, una marca registrada desde su fundación, hace más de 40 años, que es el compromiso con la calidad de la producción. Nosotros creemos a fondo que el producto tiene que ser de alta calidad: alta calidad de investigación y alta calidad de diseño. Eso ha sido una constante a lo largo de estas cuatro décadas. Después, también una visión promercado, proempresa y de confianza en el sector privado. Eso ha estado siempre presente, es marca registrada. Creemos más en las personas que en el Estado, en la libertad individual, en el juicio de las personas y en su capacidad de elegir. Eso está en el ADN de su fundación y va a estarlo mientras siga viva.
Cuatro nombres, tres momentos
¿Cuál considera que fue el ministro de Economía más destacado que tuvo Uruguay?
Es una gran pregunta porque depende de las circunstancias. Alejandro Atchugarry, en su momento, hizo algo memorable por las circunstancias que le tocó vivir y por lo que dedicó de su vida. También Alejandro Végh Villegas hizo una transformación muy importante en el país, al lograr una apertura cuando Uruguay estaba cerrado.
Luis Mosca logró, junto con Ignacio de Posadas, que la inflación llegara a un dígito. Durante ocho años se llevó adelante una política de estabilidad, iniciada por De Posadas y retomada por Mosca en 1998. Esos son hitos relevantes que vale la pena destacar.
Tres medidas para cambiar el rumbo
Si mañana el gobierno le preguntara: “Munyo, ¿tiene tres medidas para cambiar el rumbo económico del Uruguay?” ¿Cuáles serían?
Primero, una reducción importantísima del gasto en áreas que nosotros definimos como no básicas. Lo que más creció en el gasto en Uruguay son las áreas secundarias, aquellas en las cuales no tiene por qué estar metido el Estado. De hecho, donde menos creció es en lo más importante: la seguridad y la justicia, que es lo que permite la convivencia pacífica de las personas.
Esa es el área esencial, lo que define al Estado desde su concepción más básica, el Estado juez y gendarme. Es lo que menos ha crecido en Uruguay en los últimos 20 años. Después ha crecido mucho todo lo que yo llamo lo básico: educación, salud, vivienda y transferencias sociales. Pero no es lo que más creció.
Lo que más creció es todo el resto, que representa alrededor de un 30% del gasto. A eso hay que revisarlo a fondo. Estamos hablando del portland de Ancap, de Colonización y de muchas áreas del Estado que se han ido generando a lo largo de estos años y que ya no ameritan tener una asignación de recursos en este contexto.
Cuesta mucho revisar áreas que se han duplicado y que tienen que ser cuestionadas. Hay que hacer un presupuesto base cero en toda esa parte del gasto, que es como un gasto complementario. Eso es lo primero que habría que hacer.
Lo otro es la regulación laboral. Hace 20 años que hablamos de eso. Hace 20 años que decimos que va a contramano y cada vez más. Todas las medidas que aparecen van más a contramano de lo que ya está. Entonces, es por ese lado que debería estar trabajándose a full, pero lamentablemente no va a pasar.
Este gobierno no lo planteó en su plataforma electoral porque una parte no cree que haya que ir por ese camino, aunque otra parte lo tiene claro pero no lo puede decir.
Y después hay una tercera pata que creo que es muy importante: la promoción del Uruguay en el exterior. Lamentablemente, cada vez que hay que hacer recortes, se recorta inversión en el exterior, pensando que es un gasto cuando es una inversión.
Uruguay tiene una marca muy buena, pero es conocida por muy pocas personas y empresas en el exterior. Hay que vender mucho mejor el país afuera y posicionarlo mejor, como lo hacen otros países que compiten con nosotros. Y nosotros, cuando llega la hora de recortar, lo primero que recortamos es el presupuesto de las embajadas en el exterior, de Uruguay XXI y del Ministerio de Turismo, que prácticamente no tienen recursos para promocionar al país afuera.
Es un error profundo creer que eso es un ahorro, porque ahí sí estamos liquidando potenciales inversiones futuras que puedan aparecer en Uruguay, cuando hay muchas si logramos posicionar bien este maravilloso producto que es el Uruguay.
Señas de identidad
Ignacio Munyo tiene 46 años y está casado con Valentina. Es padre de cuatro hijos: Justino, Mateo, Jerónimo y Pilar.
Al referirse a sus hobbies, dice que estos fueron cambiando al ritmo de la vida familiar. Hoy buena parte de su tiempo libre está dedicado a acompañar a sus hijos, que son muy deportistas y juegan al fútbol. Entre semana y los fines de semana, recorre Montevideo de cancha en cancha para seguir sus partidos. Aunque el fútbol siempre fue una de sus pasiones y también disfruta jugarlo, reconoce que últimamente hace “deporte con los ojos”, porque más que jugar, le toca mirar a sus hijos.
¿Una comida de su preferencia?
Mi corte preferido es el bife angosto, el entrecot.
¿Una bebida para acompañar ese entrecot?
Un buen vino tinto.
¿Alguna cepa en especial?
Hay buen merlot uruguayo, que es una cepa que me gusta mucho, pero también, obviamente, el Malbec, que es una cepa muy fiel. De las cepas uruguayas, puras de acá, creo que el albariño ha logrado posicionarse como la mejor.
¿Qué redes sociales maneja con mayor asiduidad?
X, Instagram y LinkedIn. Son las tres que manejo habitualmente hace mucho tiempo y me siento cómodo con todas, cada una con su estilo.
¿Qué está leyendo actualmente?
Volví a leer algunos de los discursos de Alberdi. Acabo de leer un libro, que me regalaron, y que me pareció interesante: “¿A dónde vamos?”, de Julio Martínez Lamas. Habla del Uruguay de 1930 y los problemas que ya tenía en aquel momento el país.
Leo mucho y leo muy diverso, tanto local como internacional. Esto que te digo es lo que leí en las últimas semanas. Estuve de viaje y a este último lo leí en el vuelo. Aprovecho mucho los vuelos para leer porque después en mi casa, con la dinámica familiar y la actividad entre semana se me hace más difícil. Cuando viajo aprovecho para leer más.
¿Un economista referente en el mundo?
El mejor profesor que tuve fue Gary Becker, profesor de la Universidad de Chicago y que me abrió la cabeza y me hizo entender que la economía era mucho más que el PBI, la inflación, sino que involucra todas las decisiones de las personas. Por eso me pareció fascinante y a partir de ahí me volví un estudioso al respecto. Realmente me fascinó porque me cambió la forma de entender una disciplina.
¿Peso o dólar?
Depende para qué, o sea, ahorro en pesos y en dólares, dependiendo para qué y de las circunstancias del instrumento que pueda haber. Pero creo que hay que tener un combo adecuado entre las dos monedas.
¿Mercado o Estado?
Mercado.
¿Riesgo o seguridad?
Riesgo.
¿Datos o intuición?
Los dos, o sea, la intuición es muy importante, creo en la intuición, además de los datos.
¿Qué le hace perder la paciencia? ¿Qué no tolera?
La pereza es una cosa que me hace perder la paciencia.
¿Una palabra o un concepto que defina al Uruguay?
Un diamante en bruto.
¿Qué características cree que lo definen?
Soy intelectualmente curioso. Me considero un aprendiz permanente, con ganas de aprender todo el tiempo. Me veo como una persona abierta a aceptar distintas visiones, al diálogo. No me gusta pelear, no soy de enfrentarme a la gente. Me gusta escuchar. Respeto las visiones distintas y trato de relacionarme con gente que piensa distinto. Y me adapto a distintas circunstancias y realidades.