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La inteligencia artificial será una oportunidad si llega a todos
La visita del secretario general de la OCDE, Mathias Cormann, a Uruguay, dio lugar a conversaciones relevantes sobre cooperación, inversión y el vínculo de nuestro país con la organización. Es importante seguir profundizando ese diálogo, y desde el sector empresarial lo valoramos y acompañamos. Pero hubo otra reunión, menos visible, que me dejó pensando especialmente.
Fecha de publicación: 23/10/2026
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Por:
Leonardo Loureiro

El lunes 28 de setiembre participé, en el Salón de Actos de la Torre Ejecutiva, en un encuentro organizado por Business at OECD, la voz empresarial ante la organización, en el marco de la Cumbre Ministerial para América Latina y el Caribe. El tema era cómo aprovechar la inteligencia artificial (IA) para impulsar la productividad, la competitividad y el crecimiento inclusivo. Durante tres horas, empresarios, funcionarios y expertos de distintos países compartieron experiencias. Quizás algunos esperaban hablar de algoritmos y herramientas. Sin embargo, la conversación fue desplazándose hacia las personas.

Como he venido planteando en esta columna, la IA es, ante todo, un desafío de adopción. Una empresa puede comprar la mejor herramienta del mercado, pero si sus equipos no saben utilizarla, interpretar sus resultados y, sobre todo, cuestionarlos, poco cambia. La productividad no se instala: se construye con capacidades.

Esto vale para los jóvenes y, quizás, aún más para los adultos. Buena parte de quienes trabajarán con IA en los próximos años ya han concluido su educación formal. La formación continua, la reconversión laboral y la capacidad de seguir aprendiendo aparecieron una y otra vez como condiciones esenciales. Podemos tener buenas políticas de innovación, pero sus resultados serán limitados si las capacidades de los trabajadores no evolucionan al mismo ritmo.

También está el crecimiento inclusivo, que no es un adorno en el título del encuentro. Si la IA llega solo a las grandes empresas y a los trabajadores con mayor formación, las brechas aumentarán en lugar de reducirse. En un país de pymes como Uruguay, el desafío es que también pueda aprovecharla el comercio de barrio, el taller del interior o la cooperativa agrícola, con herramientas accesibles y capacitación adecuada. Por eso propuse que la Estrategia Nacional de Desarrollo incorpore una misión específica para promover la adopción masiva de IA en empresas de todo el país. No como una iniciativa tecnológica aislada, sino como una política de productividad.

En cuanto a los jóvenes, hubo una novedad relevante: PISA incorporó en 2025 una evaluación del aprendizaje en el mundo digital, que incluye capacidades vinculadas al pensamiento computacional. Uruguay participa de estas pruebas desde hace más de 20 años y conoce el valor de ese espejo, a veces incómodo. Que ahora también observe cómo los estudiantes enfrentan problemas complejos en entornos digitales es una buena señal.

Conviene aclarar de qué hablamos. El pensamiento computacional no es simplemente saber programar: es descomponer problemas, reconocer patrones, organizar los pasos y evaluar los resultados. Es una forma de razonar útil con o sin IA, en una fábrica, un banco, el campo o una oficina pública. Si las máquinas resuelven cada vez más tareas rutinarias, será aún más valioso saber plantear bien los problemas y tomar decisiones con criterio.

Las empresas no pueden mirar esto desde la tribuna. Si queremos jóvenes y trabajadores preparados, debemos ser parte de su formación: abrir espacios de práctica, explicar qué habilidades necesitamos y construir vínculos permanentes con los centros educativos.

Hay además una oportunidad muy concreta en la cooperación internacional. La OCDE cuenta con un observatorio de IA y espacios de trabajo sobre computación cuántica, materiales avanzados y otras tecnologías emergentes. Allí se comparan políticas, se comparten datos, se discuten estándares y se conectan personas que enfrentan desafíos similares. Varios de esos ámbitos están abiertos a países que aún no son miembros: no hace falta esperar para participar.

Un ejemplo cercano lo demuestra. Desde hace dos años, un empresario uruguayo participa por iniciativa propia en los trabajos de la OCDE sobre tecnologías cuánticas, los cuales contribuyeron a una recomendación adoptada por su Consejo en mayo. Uruguay se incorporó formalmente a ese ámbito recién este año. Es una historia admirable de iniciativa individual, pero también una señal: debemos transformar esos esfuerzos aislados en canales permanentes de participación del Estado, las empresas y la academia.

Toda empresa uruguaya debería hacerse hoy tres preguntas: ¿qué tareas podría hacer mejor con IA?, ¿qué necesitan aprender mis equipos? y ¿quién me puede ayudar a adoptarla? Las respuestas serán diferentes, pero quien no se haga las preguntas probablemente termine conociéndolas a través de sus competidores.

El momento es oportuno. Uruguay está elaborando una Estrategia Nacional de Desarrollo con temas en los que la OCDE ya trabaja, como la IA y los materiales avanzados para sectores estratégicos. Podemos aprovechar ese conocimiento internacional y aportar nuestra experiencia. Pero conectar agendas no basta: hay que convertirlas en acciones.

Desde la Confederación de Cámaras Empresariales insistimos en que Uruguay necesita dar un salto de productividad para mejorar su competitividad, crecer y generar empleo de calidad. La IA puede ser una herramienta decisiva, pero no sustituye las mejoras que se requieren en educación, capacitación, innovación y condiciones para invertir. Al Estado le corresponde facilitar esa transformación; a las empresas, adoptar tecnología, formar personas e innovar.

El objetivo no debería ser tener unas pocas empresas destacadas en IA, sino miles de empresas, de todos los tamaños y en todo el territorio, produciendo mejor. El éxito no se medirá por cuánta IA incorporemos, sino por cuánto más productivo y competitivo sea Uruguay gracias a ella.

(*) Presidente de la Confederación de Cámaras Empresariales del Uruguay.

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