Menú: El entrevistado degustó en la cava de La Corte corvina rubia con oliva y alcaparras, acompañada de puré de zanahoria y agua con gas. De postre, optó por flan con dulce de leche y un café.
-¿Cómo evalúa lo hecho hasta el momento por el gobierno de Yamandú Orsi?
-Como análisis general, este es un Frente Amplio (FA) cuyo principal objetivo era ganar la elección y después ver qué hacer. En este contexto económico, la limitada caja de herramientas que tiene la izquierda para gobernar, que siempre es gastar más y recaudar más, no tiene mucho espacio. Me parece que se elige hacer un gobierno que en el mejor de los casos no se rompa nada y llegue con vida a 2029. Aguantar el empate y hacer algunas cositas. ¿Qué es la revolución de las cosas simples? No es nada. Creo, además, que comparado con anteriores gobiernos de izquierda se ven mucho más las costuras y los problemas internos, algo que el FA anteriormente había manejado con mucho talento, con esa capacidad de ser su propia oposición y que no haya muchos problemas, pero creo que hoy a la interna sí se ven problemas grandes. Por último, considero que, en términos generales, en esa cosa internacionalista de la izquierda, se quedó sin agenda y por cómo está el país y el mundo hoy no encuentra la salida o la forma de renovar su discurso. Ahora, las buenas noticias son buenas noticias para todos los uruguayos, no según quién gobierne. Si estadísticamente bajó la pobreza, lo celebro. Si vienen grandes inversiones y se concretan, también lo celebro. Sí creo que hay cierto divorcio de las estadísticas con la vida general de la gente.
-Las encuestas muestran una baja aprobación, tanto del gobierno como del rol de la oposición. ¿Le preocupa esto pensando en el vínculo entre la sociedad y el sistema político?
-Está vinculado al teléfono y a la inmediatez con la que vivimos hoy en día, que la tolerancia de los votantes y las sociedades con sus gobiernos es mucho más baja que antes. Porque, si hoy tengo determinado estatus de vida, puedo elegir qué comer y hacerlo ya. Puedo elegir qué video ver, si lo quiero ver durante 10 segundos o una hora, o qué película mirar. Todo lo podemos lograr ya. Perdimos la capacidad de frustrarnos y de aburrirnos, y creo que eso nos pasa también con los gobiernos. Esto me preocupa, porque pueblos frustrados eligen líderes frustrados. Y, en el caso de potencias, estos líderes van a la guerra. Además, creo que vamos a vivir un proceso como la revolución industrial, vinculado a la inteligencia artificial. Hoy vivimos en una humanidad mucho mejor a la que teníamos hace 80 años, y vamos a vivir en una mucho mejor dentro de unos años, cuando miremos para atrás, pero vamos a pasar por algún proceso agudo en el medio y creo que estamos entrando en ello. Y, de ese mundo, va a salir uno nuevo. Lo que sí es evidente es que se terminó, o se está terminando, una época.
-¿La política hoy está decodificando este cambio?
-Creo que en el sistema político hay más conversaciones que no van en ese sentido que las que sí. Y al final, todo proceso pasa por muchas conversaciones. Hoy hay un sistema político que le dedica más tiempo y energía a otras cuestiones que a entender de qué tiempo somos hijos. Debemos entender en qué mundo estamos viviendo para llevar adelante los cambios necesarios. Uruguay, a su forma, suele llegar tarde a la época que le toca vivir.
-¿Entiende que esto se debe a la falta de jóvenes en la política?
-Puede ser, pero también a la característica propia del Uruguay, que tiene mucha aversión al riesgo y a los cambios y reformas que sean. Uruguay es, en su mayoría, una sociedad conservadora. No en términos clásicos y sociales, sino que es conservadora de que no cambie nada, nada se rompa y nadie se pelee con nadie. Que el equilibrio, por más que sea medio pelo, no se rompa. Esto estaba sustentado en que Uruguay logró su excepcionalidad en la región por su estabilidad, que está muy bien y hay que cuidarla. Ahora, con la estabilidad ya no alcanza para agarrar los frutos que están más arriba en el árbol. Ya cosechamos toda la zafra de la estabilidad, ahora debemos dar un paso más grande y costoso. Para ello se necesitan reformas en el sector energético, en el Estado y en el mercado laboral.
-Pero eso implica, a su vez, pelearse con mucha gente y tocar intereses.
-Implica pelearse con las corporaciones. Una de las principales cuestiones del Uruguay, de los próximos cinco años, es asumir el coraje de pelearse con corporaciones, por el bien mayor de la corporación más grande del país, que nunca está representada, que son los consumidores, los uruguayos comunes y corrientes.
-Este es un diagnóstico del que parece haber cierto consenso entre analistas, técnicos y políticos. ¿Por qué se demora tanto en hincarle el diente?
-No estoy muy de acuerdo en que haya mucho consenso al respecto. No porque no esté de acuerdo con usted, sino porque puede haber gente diciéndolo, pero por cómo se han conformado las mayorías para gobernar en Uruguay, se demuestra que no había consenso al respecto. Cada vez que se quiso cambiar algo, hubo una mayoría que lo impidió, o que casi lo impidió. Casi nos quedamos sin reformar la seguridad social. Los lobbies en Uruguay tienen un peso específico muy importante y se han mechado mucho en el sistema de partidos, sea por cómo se pagan las campañas, por una visión de país o quizás un poco y un poco. Por algo son grupos de presión. Y ojo que los intereses particulares son legítimos, pero la sumatoria de todos ellos es más chica que el interés nacional. Lo que pasa es que siempre es más conveniente el corto plazo y dejar tranquilo a un sector que está presionando y haciendo mucho ruido. Ahora, lo que puede pasar si seguimos aumentando el déficit en cuentagotas es que los gurises no terminen la educación media, que el país no crezca, que sea imposible abrir un kiosco y que le vaya bien. Hoy tenemos una sociedad que, a mi gusto, está desesperanzada y que es mucho más violenta de lo que era hace unos años. Solo si miramos las cifras de suicidios deberíamos estar realmente muy preocupados, y no veo a nadie en el sistema político hablando mucho de la salud mental, salvo de forma genérica.
-Deduzco que tiene bien identificados esos intereses que se deben tocar. Ahora, ¿cuáles serían los costos a pagar?
-Hay que ver. En algunos casos, se resentiría la recaudación para las campañas electorales o, por lo menos, el apoyo.
-¿Pero esto es un problema real para el aparato político?
-Espero que no, pero quizás sí. Para las campañas nacionales para quien aspira a ser presidente no, pero siempre hay gente que quiere ser diputado o senador.
-¿Y no debería generarse un punto de encuentro en este tema? ¿O es idílico pensar en eso?
-Por eso yo creo que en Uruguay se debe construir una mayoría de otras características. Una mayoría cualitativa que esté construida de otra forma. El gobierno de Lacalle Pou incluyó la desmonopolización de la importación de combustibles en la Ley de Urgente Consideración.
-Y tuvo reticencias dentro de la propia coalición.
-Por eso. Tenés que conformar una mayoría de otras características.
-Está hablando de una reforma constitucional, con la complejidad que ello implica.
-Sí. Y, para eso, hay que construir una elección en la que ganes con un apoyo popular muy grande y en la que se logre transmitir que este es el futuro del Uruguay. Para crecer y que nos vaya mejor, hay que tocar las vacas sagradas y los elefantes blancos, porque este modelo está agotado. Se exprimió la piedra, no hay más nada. Y no porque se me ocurra a mí, sino porque crecemos al 1% hace más de 10 años, que es casi arrastre estadístico.
-¿Y qué pasa con los palos en la rueda que se pueden encontrar a la hora de gobernar e imponer esta agenda?
-Si lográs construir esa mayoría, hay un problema más grande, que son las trabas a la hora de gobernar. Los paros, el reclamo y el lobby. Las corporaciones son los sindicatos y las cámaras empresariales, que muchas veces están en connivencia los unos con los otros. ¿A quién le conviene acortar la jornada laboral en la construcción? A las constructoras más grandes. Y mata a las más chicas. Desaparecieron las cervecerías artesanales, averigüen por qué.
-¿Que el uruguayo sea defensor del Estado y las empresas públicas, como ya quedó claro en el plebiscito de 1992, no puede resultar un freno para esto que usted plantea?
-Es cierto que está inserto en el ADN uruguayo, y puntualmente en el montevideano, esa cosa de nuestras empresas públicas y de ser comensales de un Estado que me debe resolver todos los problemas. Se da algo extraño en este punto; en el país más laico y anti fe de la región, la relación de la sociedad con el Estado es casi religiosa y casi un acto de fe, porque cada persona y grupo de presión se da vuelta y le pide al Estado que le resuelva sus problemas.