La visita de León XIV al Uruguay, del 6 al 8 de noviembre, es una gran alegría para los católicos y un acontecimiento cuyo significado no se agota en la vida de la Iglesia, ni su mensaje se limita a cuestiones de fe. Su presencia en nuestro país nos permite revisar algunas ideas sobre nosotros mismos, porque cuando se habla de religión en Uruguay reaparecen lugares comunes y caricaturas que confunden procesos diferentes y ocultan una buena parte de nuestra realidad.
Solemos atribuir al Estado laico la menor cantidad de creyentes o la menor presencia pública de la religión, como si la separación entre Iglesia y Estado condujera necesariamente a una sociedad menos religiosa. Este es un falso supuesto que se ha convertido en un lugar común. Alcanza con ver otros países con estados laicos, como México o Estados Unidos, donde la no confesionalidad del Estado no excluye necesariamente la religión de la esfera pública. Se suele confundir laicidad del Estado con secularización de la sociedad, pero son dos cosas distintas que no necesariamente se dan juntas. La correlación se confunde con causalidad, porque Gran Bretaña tiene un estado confesional cristiano (anglicano) y sin embargo su sociedad es muy secular, donde la religión no tiene peso en la vida social y política.
La laicidad establece un marco institucional que garantiza la libertad de conciencia y la igualdad de los ciudadanos, mientras que la secularización remite a transformaciones culturales que afectan la relación de las personas con la religión. En Uruguay ambos procesos se vincularon históricamente, pero distinguirlos es indispensable para comprender qué significa decir que Uruguay tiene un estado laico y una sociedad con una gran diversidad religiosa.
Nuestra singularidad tiene mucho que ver con una cultura que tendió a identificar la modernización y el progreso con el desplazamiento de la religión hacia la intimidad y esa interpretación dejó una huella que todavía persiste cuando se supone que una convicción religiosa compromete la independencia intelectual de quien la sostiene, o que alguien racional debería haberla superado como una mentalidad precientífica. Dar por sentado que la religión es un residuo primitivo de la humanidad o una superstición irracional es un prejuicio basado en estereotipos y reduccionismos ideológicos. Es un supuesto filosófico decimonónico y un prejuicio ya superado por la misma crítica actual de la religión.
¿Descenso de la religión o de una forma de creer?
Tampoco la creciente pérdida de pertenencia a las iglesias nos permite concluir que disminuye la religión, porque no es lo mismo la adhesión a instituciones que la vida religiosa. Cada vez más personas construyen su propia vida espiritual sin reconocerse en una institución, y otras combinan creencias de distintas procedencias con prácticas que encuentran en el mercado del bienestar y en las terapias alternativas. Este proceso de individuación donde cada uno construye su propio itinerario espiritual atraviesa incluso a quienes siguen identificándose con una religión, cuya manera de vivirla puede ser muy personal y selectiva. Por eso es importante distinguir entre creer en Dios, pertenecer a una Iglesia y participar habitualmente en ella, así como distinguir que quien “no tiene religión”, no necesariamente no es alguien religioso, en el sentido de relación con una dimensión trascendente de la existencia. Incluso hay ateos con creencias y prácticas espirituales, y católicos nominales que pueden vivir en un ateísmo práctico o en la indiferencia religiosa. Uno de los principales obstáculos para comprender el fenómeno religioso es creer que se lo conoce y desde allí repetir los esquemas de siempre.
Cristianismo y política
Algo semejante sucede cuando se identifica al cristianismo con una ideología política. La historia uruguaya muestra compromisos cristianos en distintas tradiciones partidarias y un compromiso social que no se comprende desde las etiquetas de derecha e izquierda, conservador o progresista. Las comunidades creyentes forman parte de la sociedad civil y contribuyen a la vida común desde convicciones que pueden expresar públicamente, desde una tradición de 2000 años que no se puede clasificar en categorías ideológicas que no tienen ni tres siglos. La doctrina social de la Iglesia al poner por encima de todo la dignidad del ser humano, de toda vida humana, criticará por igual cuando se pretenda instrumentalizar al ser humano desde el Estado o desde el capital. Por ello desde León XIII hasta León XIV, la libertad del pensamiento cristiano y su capacidad crítica le hacen posible a cualquier católico comprometerse con esos valores en cualquier partido político. Reconocer el aporte particular de los católicos no supone concederles privilegios en el debate público, del mismo modo que discutir y criticar sus posiciones no implica desconocer su libertad religiosa, pero tampoco excluirlos como si la laicidad implicara silenciar voces incómodas. La igualdad exige que todos podamos intervenir, debatir y que ninguno quede dispensado de ofrecer razones.
El papa, además de su misión religiosa, tiene una responsabilidad internacional y representa una voz que puede interpelarnos en asuntos que compartimos con independencia de nuestra fe. Su reflexión sobre la dignidad humana ante la inteligencia artificial toca problemas del trabajo y del poder que hoy son tomados en cuenta en todo el mundo. Sus llamados a la paz son escuchados también por quienes discrepan con la moral católica, porque su defensa del fundamento de los derechos humanos es una guía en tiempos de incertidumbre, hiperindividualismo y relativismo moral.
Los católicos esperan al pastor que los visita, pero saben que la presencia de León XIV en Uruguay trasciende la fe y la religión. El Uruguay que lo recibe es una sociedad plural, que es capaz de reconocer el valor de esta visita. Que un líder mundial tan significativo para creyentes y no creyentes nos invite a preguntarnos por la vida que estamos construyendo juntos es un regalo para el país, porque nos permite ensanchar nuestro mundo, escuchar una voz distinta y discutir cuestiones que importan más allá de nuestras diferencias.
(*) Doctor en Filosofía. Máster en Bioética y magíster en Dirección de Comunicación. Profesor en la Universidad Católica del Uruguay.